Los amantes reunían sus formas en una eterna danza. No conocía el espacio entre si, no conocían el silencio y pocas veces hablaban. Se habían encontrado en la oscuridad, y sin saber mucho de si, se fundieron por un largo tiempo, siguiendo la melodía que surgía de sus ojos. Ella era suave, delicada, fría y justa. El, rudo, de movimientos rectos, siempre buscando el placer de ella. Ella era la mañana, y la tarde. El era el mediodía y la madrugada. Ella callaba, el reía. Ella amaba, el no dejaba de besar su cuerpo. Ella era clara y sincera. El escondía secretos que le revelaría de a poco. Ella era alta, el era fuerte. Ella era paciente y el podía crear el tiempo. Ella era el aroma de la lluvia, el trueno y el viento. Ella el agua, el la tierra. Ella era el sol, el la tierra. La danza los fue uniendo, la danza fue confundiéndolos, no dejaron de mirarse los ojos y juraron sin hablar que todo el tiempo se agotaría mil veces antes de que alguno sintiera cansancio. Pudieron sentir que penetraban en sus cuerpos, que ya no los alojaba mas su forma, sino la otra. Ella pudo sentirse fuerte y enrojecida. El sintió la calma y la mañana. Si hubiese existido alguien mas allí, no podría haberlos distinguidos. Cada una de sus células, cambiaba de lugar, sus pieles se cubrían entre si. Sus bocas ya no sabían que besaban. Ella quiso abrazar eternamente a su amado y a todo su cuerpo. El quiso conquistarla y sentir que ella era suya. Su amor fue tan profundo, que todo su ser se mezclo y hasta sus células mas profundas se confundieron sin saber de quien eran parte ya. Mientras los amantes siguen unidos, sus cuerpos y todo lo que los forma, sigue buscando su origen. Eternamente.
No somos otra cosa que células, buscando nuestro padre. Buscando nuestra madre.
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