miércoles, 14 de noviembre de 2007

Los héroes no tienen semilla

La ciudad ya se había rendido, todos los hombres del pueblo, habían sido encarcelados o ahorcados en las entradas. las mujeres que aun podían caminar, lo hacían lentamente por las calles, vigiladas por los soldados que aun buscaban en las casas restos de la abundancia de los vencidos. los niños no habían crecido, sino mas bien, habían perdido su niñez, habían sido arrebatados de la etapa de la vida dedicada a los juegos, eran niños que no reían ya. adultos vencidos encerrados en cuerpos que solo podían alojar debilidad. miraban con desprecio a los guerreros que habían entrado a su pueblo, a sus casas. la patrulla que buscaba en el ala derecha del pueblo, cerca de las capillas y los altares. procedía a juntarse en la casa de un funcionario del gobierno local. parecía una cómoda morada y además, una rápida leyenda había surgido en la cabeza de los guerreros, el funcionario debía tener en su hogar, riquezas escondidas a la mirada del pueblo. nadie había entrado aun, porque la casa había sido reclamada por Aldreo, el jefe de comando de las líneas de choque.
un hombre guerrero, el miedo había dejado varias guerras antes al soldado. y toda emoción que abandona un corazón, se sabe, solo deja un espacio vacío y frío. Aldreo no era valiente, simplemente no tenia miedo a nada. y eso lo mantenía vivo. antes de caer sobre una ciudad, Aldreo era quien preparaba las armas de sus soldados, hasta se encargaba de revisar los caballos, si el combate era montado. y una vez que se desataba el infierno de metales, Aldreo iba al frente, era la avanzada del fin, un grotesco desenlace para la vida de los soldados enemigos.
durante el ataque, Aldreo era la cara y la forma de la muerte. decían que se había criado en las filas enemigas. su padre había sido soldado, no tan valiente como afortunado, y en cada viaje que la guerra planeaba, Aldreo solo comenzó a extender la despedida de su padre. primero lo acompaño hasta la salida de su casa, otra vez, hasta la salida del pueblo, en la guerra de Aldir, fue hasta el pueblo vecino (y esclavo). y un día, simplemente, no dejo de acompañarlo. Aldreo caminaba ahora por las delgadas calles de la ciudad, había estado organizando a parte de sus hombres y comido algo de lo que la ciudad ofrecía involuntariamente a sus visitantes. el sol era lo mas directo de ese día, caía cruelmente casi sin gestar una sombra. a los pocos metros del grupo de hombres que esperaba, Aldreo escucha que una puerta, a sus espaldas, es abierta violentamente. quien quiera que saliera abriendo una puerta de esa forma, traía consigo una bienvenida poco amable. Aldreo dio media vuelta, antes de que sus hombres pudieran entender que sucedía. poso su mano en la espada, y lo que seria un movimiento tan normal como el de respirar, fue detenido por la visión de quien había salido al encuentro, por la espalda, de Aldreo.
no habrá tenido mas de 5 o 6 años, de aspecto serio y armado con una vara de casi su estatura, un niño corrió para atacar a Aldreo. los soldados sacaron sus armas, pero antes de mover sus pies, el niño ya estaba moviendo su improvisada arma sobre el cuerpo de Aldreo. quien aun no continuaba el desenvaine de su espada. la vara golpeo el rostro de Aldreo, el cuero curtido de su cara, recibió el golpe y le negó una marca. los soldados, ya cercanos, sabían que el niño moriría antes de que Aldreo tomara nuevamente aire.
tomo al niño por la mano, le quito el palo, y puso en su mano la espada. poco podía hacer un niño con la espada de Aldreo. los soldados aun no podían saber que debían hacer. Aldreo puso firme las manos del niño, que intentaba mantener erguida la espada. y guió sus pequeñas manos hasta el rostro de Aldreo. las manos del niño cobraron algo de voluntad y sumaron fuerza al movimiento. la espada dejo una marca leve en el rostro. la sangre oscura y espesa del gran guerrero dejo un rastro breve. Aldreo se agacho y miro fijamente al niño.
-Cual es tu nombre?
-Sufi
-Sufi, corre hacia la plaza, donde los otros niños, recuerda siempre lo que hoy le sucedió a tu padre y tu madre y tu pueblo. recuerda que Aldreo fue quien encendió las primeras llamas que quemaron tu casa y tu vida. recuerda que debes terminar el trabajo que esta espada comenzó hoy en mi rostro. tu eres el único que ha podido herirme y serás quien deba llevar esta herida hasta el corazón y la oscuridad.
Quito la espada del niño y con la vara dio un golpe en el muslo del pequeño, quien sin llorar, corrió hacia el centro del pueblo.

cuando Aldreo se reunió con sus hombres, uno de ellos le pregunto que había sido todo aquello.
-Estoy sembrando héroes, Peruel, ese niño no olvidara mis palabras
-Y no temes que algún día, realmente finalice su trabajo? y cumpla tus palabras?
-Espero sinceramente que lo haga! ese día aprenderá que los héroes no se siembran.
Los hombres de Aldreo supieron que la crueldad había ocupado el lugar del miedo en el corazón de Aldreo.

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