-Maldito Sufi, no pensé que presentaría tanta batalla
-Resistió lo mas que pudo, su arena realmente lo había endurecido
-Aldreo, no entiendo lo que dices
-Sufi es un viejo conocido. Yo lo sembré
-Realmente los años van enroscando tu mente. Por suerte, tus brazos aun son rectos y tu pecho es valiente.
Los soldados regresaban a media marcha, sucios y hambrientos, el combate los había alejado demasiado de la ciudad. Deberían marchar 2 horas mas para llegar de nuevo al campamento. Esta vez no había botín, no había mujeres. Todo el ejercito se había arrastrado hasta el desierto, solo para callar una voz de rebelión que estaba gritando demasiado.
Los pueblos dominados se inquietaban con Sufi, y creían ver en el al redentor y liberador. No era así. Fue duro para los soldados de Aldreo ganarle, pero finalmente, la profecía hecha hace tanto tiempo, fue cumplida. Los héroes no se siembran, y el amargo sabor del polvo, se mezclaba con la sangre que Sufi tragaba en sus ultimas bocanadas. Las raíces profundas de estas batallas estaban mas allá de la vista de quienes vivían solo 80 años. Para quien podría ver desde lejos, todo cobraba sentido.
El sol parecía aumentar su fuerza contra los hombres, queriendo derretir sus pies en ese lugar, que mueran secos y vacíos.
Algunos soldados se habían quedado a hacer los sacrificios habituales luego del combate. No adoraban a algún dios en particular, sino mas bien, ellos decían que facilitaban el trabajo de la muerte, apuntalando en un mismo lugar a los cuerpos de sus enemigos. Estos favores permitían demorar la llegada de la muerte a sus propias vidas. Amontonaban a los enemigos derrotados, y ponían debajo de aquel montón a quienes aun no habían muerto aun. Allí fue Sufi. Quien ya no deseaba vivir mas.
Los cuerpos de los soldados de Aldreo que habían muerto, eran escondidos donde la hierba parecía ser mas alta. De a grupos de 3 o 4, los acomodaban en posición de vigía, solo para ver si podrían confundir al ángel negro cuando pasase por el lugar.
el resto de los soldados que no participaban de estas actividades, volvían arrastrando sus pies, las manos pegadas por la sangre a las espadas, los ojos llorosos por la arena, solo deseaban llegar a las carpas y no estar de pie por varias horas. No escuchar los gritos de batalla. Poder compartir el agua, mas allá del rango.
Al volver de los combates, los soldados se transformaban en hombres. La ciudad donde estaba asentado el campamento, estaba silenciosa y sin embargo, los soldados se sintieron bienvenidos. Algunas miradas furtivas de los esclavos, se escondían entre las pocas sombras que el sol sembraba. Muy poco del aire del pueblo estaba fresco, y toda respiración, dejaba la sensación de que se tomaba un aire, ya respirado antes.
El agua tampoco sabia muy bien, pero sin embargo, bebían copiosamente.
Durmieron sin preocuparse.
La ciudad pareció mas muerta aun.
Aldreo fue el primero en despegar y comenzó a caminar hacia los templos. Poco fue lo que pensó de su vida y de sus caminos. Pensó que realmente debía estar cruel, si había creado una mentira de tantos años. Cuantas almas habrían de alimentar el fuego, por culpa de los espejismos del corazón de Sufi. Cuantas almas llegarían en nombre de Aldreo y sus hombres. Realmente la muerte lo conocería? le daría algún trato especial? el emperador de este mundo lo hacia, porque no hacerlo la reina del otro mundo?
Frente a el, el templo mas grande, presentaba una abertura oscura, la puerta había sido quemada muchos años antes, y Aldreo, pensó que allí el aire seria mas bueno. No recordaba haber entrado a ese lugar la ultima vez que había estado. Camino algunos metros acercándose al altar. Miro las figuras que representaban los dioses, y se pregunto que pensarían ellos del fin de sus fieles. Ellos lo conocerían? tendrían para el algún castigo?
Sintió levemente un movimiento del suelo, y las vigas sonaron por primera vez en el templo, un quejido que pareció la respuesta de los pensamientos de Aldreo. Hizo dos pasos hacia su derecha, para poder mantenerse en pie, y creyó percibir que el suelo bajo sus pies, era hueco. Como si solo fuera una delgada capa de tierra separándolo de un gran sótano.
Quizás ningún ojo pudo ver aquello que fue tan confuso. Todo el pueblo, incluso el mismo río Drillo, el campo de batalla y las primeras casas de la ciudad de Toghe, desaparecieron.
La nada comió su primer mordisco. Quizás los dioses buscaban a Aldreo, quizás la muerte había agigantado sus manos. El destino dio un paso mas hacia su muerte y Aldreo, sus hombres, y el recuerdo de Sufi, no existieron mas en apenas un instante.
El sol finalizaba su trabajo de alimentar con calor el verdadero emperador de este mundo y del otro
Zaad, sintió en lo que eran sus ojos, el choque de la luz. Y decidió subir.
No hay comentarios:
Publicar un comentario