Viajamos en las nubes mas altas, el canto de los soldados era bastante fuerte y no podía dejar de pensar que desde abajo nos escucharían. El capitán de nuestro grupo, constantemente repetía el valor y el coraje que necesitaríamos para poder morir en esta batalla. No habría victoria sin muerte, no habría cielo después de este. Morir en esta guerra, seria ganarse la Nada Eterna. El vacío destinado a alojar las almas que caen desde los cielos y desde los mismos infiernos. Las canciones parecían venir de un grupo de guerreros mas altos que yo, y de aspecto mas feroz. Realmente parecía que se habían preparado para lo que vendría. Nuestro grupo, formado por quienes recién habían muerto, parecía niños recién salidos de sus casas al lado de aquellos hombres, hombres? Bueno, aquellos seres que viajarían con nosotros a la muerte, a la muerte? No sabia donde iba realmente. No había podido ver mucho del cielo en si, y apenas llegue, ni siquiera pude vivir las luces del túnel, ni seres queridos vinieron a recibirme. Lo mío fue morir, y marchar al mismo tiempo, hacia otra muerte. Me cuesta mucho no pensar que estos hombres, son en si, hombres, o, si son habitantes del cielo, les podría llamar Ángeles, aunque, no solo su carencia de alas, hace que no se parezcan en nada a la idea que en tierra se tiene de ellos. Son feroces, rudos, bien formados y pareciera que solo se comunican gritando. Quizás haya llegado en mal momento al cielo. Lo cierto es que, apenas percibí la sensación de despertar de mi muerte, uno de estos hombres, me recibió en sus brazos, miro un poco mi cuerpo, y grito a otro hombre a su lado “ estera ameri obel dasti” y me señalo un sendero que se abría a su espalda. Debe haber entendido mi expresión de absoluta desconcertacion, puesto que, mientras me iba, me toco la espalda, y me dijo “ estamos en guerra, necesitamos tu ayuda”.
Minutos después, ya estaba al tanto de la situación y viajando junto con mi capitán, en una de las nubes grises, hacia nuestro destino. Íbamos a luchar contra nuestro eterno enemigo, la ultima batalla, por un momento pensé que destino correrían quienes en la tierra no habían muerto. Pensé en Marcela que había quedado cuidando a Paulita cuando morí. Que pasaría con ellas? Nadie me dijo nada sobe la suerte de la tierra si perdíamos. Me pregunte si las ciudades que cruzábamos, no escucharían el rugir de nuestro ejercito, y recordé que estaba lloviendo cuando morí. Cuando llueve, nadie mira al cielo, todos van apurados y nadie presta un segundo de atención a lo que pasa en las alturas. Los Ángeles se cuidarían de mantenerse ocultos a los hombres mientras atravesaban las grandes urbes. Después supe que en realidad, no pasábamos por encima de las ciudades. Llegamos luego de un rato, a donde el sonido de pelea era mas fuerte. Nos detuvimos detrás de una espesa niebla, y Aldanel, nuestro capitán, nos dijo que, pasando esa masa gris, habría una bajada de unos 100 metros, y al terminar el barranco, encontraríamos el medio de la batalla. Nos ordeno que no sintiéramos miedo, aunque supo que lo tendríamos. Dijo que, si mientras bajábamos el barranco corriendo, algo nos detenía el paso, que pensáramos en los seres que habíamos dejado en la tierra, y que eso nos haría mover los pies. “Si no quieren que ellos mueran en esta misma batalla, ganémosla de una vez por todas, el enemigo es débil!” ajustamos los cascos y escudos. Golpeamos las espadas entre nosotros, y Aldanel grito una frase que, supusimos, auguraba una victoria para nuestro ejercito. “ Madala trenmi alube! ¡ ¡ “ repetimos las mismas palabras y empezamos a sentir un calor en nuestro corazón, el deseo de terminar con aquella absurda sensación de desconcierto. Tomamos aire, formamos una larga fila y Aldanel nos arrastro a cruzar la niebla y correr, cuesta abajo, al enemigo. “Brutiel Amal”
Todo fue mas confusión al empezar a correr. El descenso del terreno hacia que aceleráramos nuestro paso. Casi caíamos al suelo. Algunos se frenaron y fueron aplastados por quienes venían detrás. Apure mi paso y toque con mi escudo al hombre que corría delante de mi. Pensé en Marcela, y en Paulita, el solo hecho de imaginarme a ellas bajando por este barranco, hizo crecer en mi una valentía que no había sentido nunca en la tierra. No. No dejaría que los demonios ganasen esta guerra. Moriría una segunda y unas mil veces mas, pero no dejaría que Paulita sea devorada por aquellas criaturas. Pude verlos, enormes guerreros de color azul, desgastado. Eran igualmente rudos y no se parecían en nada a la idea de los demonios en la tierra. Seguí corriendo y escuche que el hombre que seguía detrás de mi, junto valor con un improvisado grito de guerra “por mis hijos, por mis padres, por todos los que ya han muerto! ¡ ¡ ¡ “ seguí su ejemplo, y pensé que podría gritar para que el coraje naciera en mi, ya faltaban algunos metros para chocar contra los hombres de azul que comenzaban a esperarnos. Lo único que pude gritar antes de tomar la bocanada final de aire, fue “ mueran malditos demonios, vuelvan al infierno!” El hombre de azul oscuro que hundió su espada en mi estomago escucho mi grito de guerra, y mientras sacaba su arma de mi, susurro en mi oído “volver al infierno? De donde crees que vienes?”
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