miércoles, 14 de noviembre de 2007

Instantes eternos.

Los pájaros cantaron todos al mismo tiempo y por primera vez, la canción de la tierra estuvo completa. Las aguas del mundo se aquietaron y las estrellas pudieron ver el cielo reflejado. No hubo muerte ese instante y todos los animales supieron su verdadero nombre. El viento se transformo en caricia, la lluvia en delicadas lagrimas. Quien estaba durmiendo, despertó suavemente. Quien estaba despierto, abrió los ojos. Un aroma sutil se desplegó en toda la tierra. Los niños rieron sin motivo, los viejos, fueron niños de nuevo. Las mujeres se sintieron amadas, los hombres, necesitados. Todo, al cabo de un instante, todo tuvo sentido, y la muerte retrocedió un paso, y la vida floreció en el desierto. Por un instante, no hubo una sola enfermedad que no tuviera respuesta. El tiempo se detuvo, el motor callo su grito. Los débiles fueron fuertes, los fuertes fueron comprensivos. El que no sabia, supo, el que no quería, quiso. Quien no veía, pudo comprender, quien no escuchaba fue sensible a su entorno. La misma corriente de felicidad recorrió todos los seres del mundo, en un instante, un mismo mensaje, una misma sensación, por algunos segundos, todos fueron uno. La sensación fue tan intensa como breve, y se desvaneció, marcando nuevamente el contraste de las cosas. El mundo volvió a ser el mismo.

Los hombres se preguntaron que había sucedido, que había causado tremendo golpe, y que había hecho desaparecer aquella sensación de armonía.
Los sabios lo sabían. Sin embargo callaron. El hombre común volvería a vivir otra vez aquel paraíso. En los años por venir, cuando todos los hombres coincidan en un instante en no desear alguna cosa, Dios volvería a mostrarse tal cual es, y esta vez para siempre.

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